Dejé de enviar esos mensajes largos después de cada discusión, intentando explicar una y otra vez lo que me dolía. Era una pérdida de tiempo.
Dejé de insistir en que entendiera mi opinión cuando era evidente que no tenía interés en hacerlo. Era tan inmaduro que solo le importaba su propio bienestar.
Acepté algo que me costó muchísimo admitir, su inmadurez afectiva no le permitía sentir un arrepentimiento real. Por eso iba y venía como si nada y quería que todo continuara igual.
Comencé a quitarle mi atención y lo más importante, mi reacción. Él se sentía demasiado seguro de mí y también le quité eso. Cada discusión me desgastaba, y él seguía tranquilo sabiendo que yo seguía ahí.
Comencé a recuperar mi poder cuando dejé de hacerlo el centro de mi mundo. Prioricé todo lo demás, menos a él. Mis proyectos, mis oportunidades, mi vida. Todo lo demás comenzó a funcionar muy bien, y yo cada vez estaba más entretenida.
Con el tiempo comencé a sentir fastidio, pereza y hartazgo de iniciar las mismas discusiones por lo mismo. Mi estado de calma ya me gustaba más.
Dejé de hacer todo para que esa relación funcionara y me ocupé de mí.
Dejé de necesitarlo, y me di cuenta de algo que ni yo misma esperaba: me sentía más tranquila cuando él no estaba.
Aprendí que cuando empiezas a ocuparte de ti, todo cambia…
Caracas, Marzo 15 de 2026

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